Queremos agradecer a uno de nuestros colaboradores, Xols, con esta magnífica Space Opera con las que nos deleitará, si la página puede y su tiempo libre lo permite desde ahora.
Corrosión
Desde la inmensidad del espacio, aquel punto de luz brillaba con especial fuerza. Solo en la negrura, solamente una aproximación pausada y constante nos permitía reconocer el objeto: una capsula de metal soldado; motas de luz aquí y allí miraban de insuflar vida a ese mastodonte de metal, en cuyo frágil interior viajaban cuarenta almas humanas. Las luces que venían del Hammurabi (este e
ra el nombre de esa fragata) eran de distintos colores: algunas brillaban, fijas y blancas. Otras parpadeaban, a distintas velocidades y colores, bien podían ser azules o verdes. El conjunto de luces le daban a esa nave de aspecto recio, vetusto y oxidado un brillo que contrastaba con la sordidez del metal gastado.
Dentro, el Doctor Moriarty temblaba y se frotaba las manos mientras miraba nerviosamente su destino por una ventana: un lejano campo de asteroides. Su llegada era cuestión de horas. El Doctor se encontraba en la cabina de pilotaje, una oscura sala atiborrada de cables, pantallas y palancas. Solamente se oía la respiración pesada del doctor, los blips de las computadoras y el zumbido de máquinas lejanas.
“No se preocupe Doc, ya estamos a punto de llegar. Está claro que este viaje no le ha resultado especialmente placentero” Dijo el piloto, con cierto sarcasmo en su tono de voz.
“Métase usted en sus asuntos” Replicó Moriarty. Lo cierto es que a Moriarty el viaje no le había salido tan bien como deseaba. No contaba con que el C.C.S. hubiera decidido mandar un oficial a Djakarta Prime. Justo ahora, maldición, cuando ya lo tenía todo planeado y justamente lo que necesitaba era desconectar del mundo e irse a un enclave remoto.